12 julio, 2009
Quería suicidarse, y por eso se paró al borde del precipicio. El mundo es injusto conmigo, se dijo a modo de excusa, sin pensar que absolutamente todo es injusto para alguien, y en medio de lo que sería su último llanto se gritó ¡Te odio!, como si se estuviera mirando en un espejo. Segundos después, ya con un pie en el aire, el eco le contestó ¡Te amo!, y él quedó suspendido entre la vida y la muerte, porque la duda se había desplegado como un puente. Con la garganta tapiada de lágrimas dio un paso atrás y luego otro y se fue a su casa acompañado por su instinto de supervivencia, que siempre tuvo la palabra justa.
06 julio, 2009
Dulce niño mío
Así entré paso a paso en tu mundo, y te di una patada en el mente. Y soy el único testigo de la naturaleza de mi crimen. (Guns & Roses, Don’t damn me).
La primera vez que escuché Simpatía por el diablo debía tener once o doce años; era la versión de Guns & Roses, y yo pensaba que era la única, la original. Luego, cuando me dijeron que no, que era una canción de los Rolling Stones, quise conocerla. Entonces la oí, y sentí que era injusto. Esa canción merecía ser de Guns & Roses, porque en la voz de Mick Jagger quedaba grande. En esa canción, Mick Jagger me pareció un tipo débil, un rockero menor. Claro que esto puedo decirlo ahora; hace quince años no habría podido explicarlo así. En ese entonces simplemente lo sentí. Lo sentí, y no fui consciente de Axl Rose. Axl Rose era una sensación, era lo que convertía a Mick Jagger en alguien indigno de su propia canción. Nada más.
Ahora, en la distancia, lo percibo distinto. Ahora, que el rock parece una leyenda medieval, una promesa de una dimensión lateral, un latido de gorrión, Axl Rose es otra cosa. Sigue siendo otra cosa. Es esencia, no apariencia. No finge trueno y garganta. No finge un carisma huracanado. No finge belleza lasciva. Es todo eso. No construye ni construyó a partir de lo que se supone que debe ser el rock; un tipo que hace lo que le dicen nunca supera al maestro, y Axl Rose es el hombre que logró que Mick Jagger pareciera débil. Axl Rose es un imposible. En los noventa fue él, y después de él vinieron los demás, los de ahora, los que intentan llegar, los que quieren. Fue vanguardia, chico malo, símbolo sexual, demasiado joven para morir, moda, influencia, simpatizante del diablo, dulce niño mío, conquistador de la inmortalidad.
Ahora quiero ver quién es el próximo. Ahora quiero ver, necesito ver, quién es el que hace que el latido de gorrión se transforme en terremoto.
La primera vez que escuché Simpatía por el diablo debía tener once o doce años; era la versión de Guns & Roses, y yo pensaba que era la única, la original. Luego, cuando me dijeron que no, que era una canción de los Rolling Stones, quise conocerla. Entonces la oí, y sentí que era injusto. Esa canción merecía ser de Guns & Roses, porque en la voz de Mick Jagger quedaba grande. En esa canción, Mick Jagger me pareció un tipo débil, un rockero menor. Claro que esto puedo decirlo ahora; hace quince años no habría podido explicarlo así. En ese entonces simplemente lo sentí. Lo sentí, y no fui consciente de Axl Rose. Axl Rose era una sensación, era lo que convertía a Mick Jagger en alguien indigno de su propia canción. Nada más.
Ahora, en la distancia, lo percibo distinto. Ahora, que el rock parece una leyenda medieval, una promesa de una dimensión lateral, un latido de gorrión, Axl Rose es otra cosa. Sigue siendo otra cosa. Es esencia, no apariencia. No finge trueno y garganta. No finge un carisma huracanado. No finge belleza lasciva. Es todo eso. No construye ni construyó a partir de lo que se supone que debe ser el rock; un tipo que hace lo que le dicen nunca supera al maestro, y Axl Rose es el hombre que logró que Mick Jagger pareciera débil. Axl Rose es un imposible. En los noventa fue él, y después de él vinieron los demás, los de ahora, los que intentan llegar, los que quieren. Fue vanguardia, chico malo, símbolo sexual, demasiado joven para morir, moda, influencia, simpatizante del diablo, dulce niño mío, conquistador de la inmortalidad.
Ahora quiero ver quién es el próximo. Ahora quiero ver, necesito ver, quién es el que hace que el latido de gorrión se transforme en terremoto.
01 julio, 2009
Otra noción de patria
“...los hombres de pésima voluntad
todo lo postergan
tal vez por eso no hacen casi nada
y ese poco no sirve”. (Mario Benedetti, Otra noción de patria).
El domingo pasado hubo elecciones legislativas en Argentina; se renuevan las cámaras de diputados y senadores. En Buenos Aires ganó el macrismo; el macrismo tiene tres protagonistas: Mauricio Macri, Gabriela Michetti y Francisco De Narváez. Les hablaré un poco de ellos.
Mauricio Macri es el jefe de gobierno porteño. Es éste.
Gabriela Michetti era la vice jefa de gobierno porteño, ahora es diputada por la Capital. Lo primero que llama la atención en ella, a simple vista, es la parálisis de sus piernas. Debe moverse en silla de ruedas. Esto no debería decir nada en sí mismo, pero yo siempre sospeché (y ella lo admitió hace poco) que esa particularidad la benefició a la hora de recaudar votos. Entiendo que es un punto sensible: ¿cómo hacés para criticar a alguien por votar a una persona con cierta discapacidad? Se supone que los discapacitados (y en la mayoría de los casos es así) son los más perjudicados. No consiguen trabajo, se les dificulta la movilidad, etc. Resulta fácil pensar que una gobernadora discapacitada tendría más voluntad a la hora de evaluar los derechos y necesidades de quienes son como ella. Pero yo, que soy antimacrista, desconfío de todo aquel que se una a Mauricio Macri. Tenga o no tenga alguna discapacidad.
Al margen de esto, Gabriela Michetti es una persona a la que, cuando le preguntan cuáles son sus proyectos para la ciudad, contesta: “Eh... no, bueno, yo creo que yo.. eh... sería ridículo mencionarte algún proyecto porque... eh.. ahora, yo... “.
Francisco De Narváez es un empresario muy exitoso que era diputado. Y se postuló, ahora, para ser diputado (¿?). Se rumorea por ahí (lo llamaron a declarar y todo) que está involucrado en un asunto de tráfico de efedrina. Dejando eso de lado (imaginemos que se puede dejar eso de lado), es un hombre que, cuando le preguntan cuáles son sus planes y proyectos para la provincia de Buenos Aires, contesta: “Jajaja” (así de siniestro), y que en medio de un discurso político grita: “¡Alica, alicate! ¡Quereme, querete!” (así de patético, triste, imbécil, imperdonable, insultante, cómico, casi inexplicable).
Una última cosa: en la campaña de hace dos años por la jefatura de gobierno, el slogan de Macri era “Va a estar bueno Buenos Aires”. Macri ganó, es jefe de gobierno. Estos días pasados, en la campaña para las legislativas, en un spot publicitario, Macri dijo, como si fuera ajeno: “Va a estar bueno Buenos Aires”.
Yo no sé qué argumentos tendrá la mayoría, aquella que volvió a elegir al macrismo. A mí, particularmente a mí, no me gusta que me tomen por idiota.
todo lo postergan
tal vez por eso no hacen casi nada
y ese poco no sirve”. (Mario Benedetti, Otra noción de patria).
El domingo pasado hubo elecciones legislativas en Argentina; se renuevan las cámaras de diputados y senadores. En Buenos Aires ganó el macrismo; el macrismo tiene tres protagonistas: Mauricio Macri, Gabriela Michetti y Francisco De Narváez. Les hablaré un poco de ellos.
Mauricio Macri es el jefe de gobierno porteño. Es éste.
Gabriela Michetti era la vice jefa de gobierno porteño, ahora es diputada por la Capital. Lo primero que llama la atención en ella, a simple vista, es la parálisis de sus piernas. Debe moverse en silla de ruedas. Esto no debería decir nada en sí mismo, pero yo siempre sospeché (y ella lo admitió hace poco) que esa particularidad la benefició a la hora de recaudar votos. Entiendo que es un punto sensible: ¿cómo hacés para criticar a alguien por votar a una persona con cierta discapacidad? Se supone que los discapacitados (y en la mayoría de los casos es así) son los más perjudicados. No consiguen trabajo, se les dificulta la movilidad, etc. Resulta fácil pensar que una gobernadora discapacitada tendría más voluntad a la hora de evaluar los derechos y necesidades de quienes son como ella. Pero yo, que soy antimacrista, desconfío de todo aquel que se una a Mauricio Macri. Tenga o no tenga alguna discapacidad.
Al margen de esto, Gabriela Michetti es una persona a la que, cuando le preguntan cuáles son sus proyectos para la ciudad, contesta: “Eh... no, bueno, yo creo que yo.. eh... sería ridículo mencionarte algún proyecto porque... eh.. ahora, yo... “.
Francisco De Narváez es un empresario muy exitoso que era diputado. Y se postuló, ahora, para ser diputado (¿?). Se rumorea por ahí (lo llamaron a declarar y todo) que está involucrado en un asunto de tráfico de efedrina. Dejando eso de lado (imaginemos que se puede dejar eso de lado), es un hombre que, cuando le preguntan cuáles son sus planes y proyectos para la provincia de Buenos Aires, contesta: “Jajaja” (así de siniestro), y que en medio de un discurso político grita: “¡Alica, alicate! ¡Quereme, querete!” (así de patético, triste, imbécil, imperdonable, insultante, cómico, casi inexplicable).
Una última cosa: en la campaña de hace dos años por la jefatura de gobierno, el slogan de Macri era “Va a estar bueno Buenos Aires”. Macri ganó, es jefe de gobierno. Estos días pasados, en la campaña para las legislativas, en un spot publicitario, Macri dijo, como si fuera ajeno: “Va a estar bueno Buenos Aires”.
Yo no sé qué argumentos tendrá la mayoría, aquella que volvió a elegir al macrismo. A mí, particularmente a mí, no me gusta que me tomen por idiota.
28 junio, 2009
Los tigres de Murakami
Benditos sean los que pudieron ser y no han querido (Joaquín Sabina).
Aún no terminé de leer Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Murakami; me resulta una novela pesada. Fascinante y pesada, extraña combinación. Tengo el libro en suspenso, ahí, arriba del microondas, que es donde pongo los libros que no puedo terminar de leer. Está ahí desde hace meses. Pero hay una escena que me sigue dando vueltas en la cabeza, con insistencia, como el goteo de una canilla mal cerrada. Como las cosas que mi inconsciente quiere que tenga en cuenta.
La escena es ésta: en plena guerra, un soldado recibe la orden de exterminar a los animales del zoológico; no recuerdo por qué, supongo que para evitar que las fieras los atacaran. Ya en el lugar, el soldado se entera de que el veneno disponible es insuficiente. El veneno no puede matar a todos los animales. El soldado tendrá que recurrir a su arma de fuego. Se para frente a la jaula de los tigres, apunta, y no dispara. No puede hacerlo. No puede dispararle a un animal enjaulado. Al soldado curtido, que mata y mata y mata hombres en una guerra, algo le impide matar a un animal indefenso y sin escapatoria.
Hay personas que pueden abusarse de nosotros y no lo hacen. Personas (en mi caso puedo ponerles caras y nombres) que eligen no dañarnos. No sé si entendemos la dimensión de esto: personas que tienen la capacidad para rompernos en pedazos y deciden dejarnos enteros. No hablo de padres, hermanos, familiares, y tampoco hablo de personas que no saben de nuestra existencia. Hablo de personas que llegan a nuestra vida, que llegan en catarata, y toman un protagonismo impensado. Nosotros le damos ese protagonismo, y ellos lo aceptan, en un trato tácito y difícil de anular. Y pueden destrozarnos, porque el amor que emitimos (sea cual sea su forma y su nombre) permite esa vulnerabilidad; pueden destrozarnos, y no lo hacen.
No es un detalle menor. Éste es un mundo raro, de metas y victorias y guerras inútiles pero eternas, de ganadores o perdedores, de banderas plantadas, de fuertes o débiles. Un mundo que se mata por arrancar un ramillete de poder, de cualquier tipo de poder. Y en este mundo, hay personas que tienen poder sobre nosotros, y optan por ignorarlo.
Benditos sean.
Aún no terminé de leer Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Murakami; me resulta una novela pesada. Fascinante y pesada, extraña combinación. Tengo el libro en suspenso, ahí, arriba del microondas, que es donde pongo los libros que no puedo terminar de leer. Está ahí desde hace meses. Pero hay una escena que me sigue dando vueltas en la cabeza, con insistencia, como el goteo de una canilla mal cerrada. Como las cosas que mi inconsciente quiere que tenga en cuenta.
La escena es ésta: en plena guerra, un soldado recibe la orden de exterminar a los animales del zoológico; no recuerdo por qué, supongo que para evitar que las fieras los atacaran. Ya en el lugar, el soldado se entera de que el veneno disponible es insuficiente. El veneno no puede matar a todos los animales. El soldado tendrá que recurrir a su arma de fuego. Se para frente a la jaula de los tigres, apunta, y no dispara. No puede hacerlo. No puede dispararle a un animal enjaulado. Al soldado curtido, que mata y mata y mata hombres en una guerra, algo le impide matar a un animal indefenso y sin escapatoria.
Hay personas que pueden abusarse de nosotros y no lo hacen. Personas (en mi caso puedo ponerles caras y nombres) que eligen no dañarnos. No sé si entendemos la dimensión de esto: personas que tienen la capacidad para rompernos en pedazos y deciden dejarnos enteros. No hablo de padres, hermanos, familiares, y tampoco hablo de personas que no saben de nuestra existencia. Hablo de personas que llegan a nuestra vida, que llegan en catarata, y toman un protagonismo impensado. Nosotros le damos ese protagonismo, y ellos lo aceptan, en un trato tácito y difícil de anular. Y pueden destrozarnos, porque el amor que emitimos (sea cual sea su forma y su nombre) permite esa vulnerabilidad; pueden destrozarnos, y no lo hacen.
No es un detalle menor. Éste es un mundo raro, de metas y victorias y guerras inútiles pero eternas, de ganadores o perdedores, de banderas plantadas, de fuertes o débiles. Un mundo que se mata por arrancar un ramillete de poder, de cualquier tipo de poder. Y en este mundo, hay personas que tienen poder sobre nosotros, y optan por ignorarlo.
Benditos sean.
22 junio, 2009
Metódicas navajas
“Un lenguaje que corte el resuello. Rasante, tajante, cortante. Un ejército de sables. Un lenguaje de aceros exactos, de relámpagos afilados, de esdrújulos y agudos, incansables, relucientes, metódicas navajas. Un lenguaje guillotina”. (Octavio Paz).
No se escribe con el corazón. No se debe escribir con el corazón. La escritura es ajedrez, no generala. No hay nada azaroso en la escritura, no puede haberlo. El escritor es cirujano, no croupier. Aquí no están viendo mi corazón; están viendo mi cerebro. Mi corazón es la voz en off, el piolín del barrilete.
En la película Doce hombres en pugna, un jurado penal debe decidir si un hombre acusado de homicidio es culpable o inocente. El veredicto, cual sea, debe ser unánime. Once hombres no dudan: el juzgado es culpable. El hombre que queda tampoco duda: el juzgado es inocente. Los espectadores creemos que a los once hombres les costará poco y nada convencer al rebelde de que se una a ellos; después de todo, son once contra uno. Pero es al revés. Es el hombre solitario quien convence a los once, uno a uno, y los hace cambiar de opinión. El jurado termina decidiendo que el juzgado es inocente.
El hombre tenía una única arma: su lenguaje. Su modo de decir las cosas. Su forma de comunicar sus ideas. Los argumentos que expuso para defender la inocencia del acusado fueron argumento fríos, argumentos mentales. No había nada emocional en su lenguaje. No podía haberlo. La emoción moviliza pero no revoluciona, la emoción genera más emociones; la emoción se hace eco, pero no convence.
La escritura, la comunicación, es estrategia. La literatura es estrategia. El poema que nos conmueve está fabricado con aceros exactos. El final del cuento que nos deja sin aire es metódica navaja. Debe serlo. Porque si lo logramos, el corazón (voz en off, piolín del barrilete) se emocionará, festejará y pedirá más.
Y ahí sí podremos descansar tranquilos.
No se escribe con el corazón. No se debe escribir con el corazón. La escritura es ajedrez, no generala. No hay nada azaroso en la escritura, no puede haberlo. El escritor es cirujano, no croupier. Aquí no están viendo mi corazón; están viendo mi cerebro. Mi corazón es la voz en off, el piolín del barrilete.
En la película Doce hombres en pugna, un jurado penal debe decidir si un hombre acusado de homicidio es culpable o inocente. El veredicto, cual sea, debe ser unánime. Once hombres no dudan: el juzgado es culpable. El hombre que queda tampoco duda: el juzgado es inocente. Los espectadores creemos que a los once hombres les costará poco y nada convencer al rebelde de que se una a ellos; después de todo, son once contra uno. Pero es al revés. Es el hombre solitario quien convence a los once, uno a uno, y los hace cambiar de opinión. El jurado termina decidiendo que el juzgado es inocente.
El hombre tenía una única arma: su lenguaje. Su modo de decir las cosas. Su forma de comunicar sus ideas. Los argumentos que expuso para defender la inocencia del acusado fueron argumento fríos, argumentos mentales. No había nada emocional en su lenguaje. No podía haberlo. La emoción moviliza pero no revoluciona, la emoción genera más emociones; la emoción se hace eco, pero no convence.
La escritura, la comunicación, es estrategia. La literatura es estrategia. El poema que nos conmueve está fabricado con aceros exactos. El final del cuento que nos deja sin aire es metódica navaja. Debe serlo. Porque si lo logramos, el corazón (voz en off, piolín del barrilete) se emocionará, festejará y pedirá más.
Y ahí sí podremos descansar tranquilos.
17 junio, 2009
Relincha el cielo
El cielo se puso rosa, pero ya estamos todos adentro. Es un rosa casi fucsia, un cielo denso. Y ya sabemos lo que viene. Hace tiempo que sucede lo mismo.
La última vez que llovió, llovió arena. Fue una lluvia bastante suave, aunque opresora; nada que ver con aquella temperamental tormenta de verano; en esa ocasión, del cielo cayeron caballos. El cielo no tronaba: relinchaba. Eran caballos etéreos, casi románticos, pero caballos al fin. Cayeron y destrozaron medio pueblo; luego, cuando salió el sol, se levantaron como pudieron y buscaron un lugar donde descansar. Tuvimos que empezar de cero. Entonces, a los pocos días, llovió dinero; nos creímos salvados de nuestras miserias, cuando descubrimos que se trataba de australes. Una lluvia con más de diez años de retraso. Igual nos sabemos afortunados: en el pueblo de al lado, una noche hubo una tormenta de catedrales; los pueblerinos, luego de contar sus muertos, se convirtieron al ateísmo sin posibilidad de negociar con el cura que argumentó, sin éxito, que dios tiene extraños métodos para llegar a sus fieles.
La última vez que llovió, llovió arena. Fue una lluvia bastante suave, aunque opresora; nada que ver con aquella temperamental tormenta de verano; en esa ocasión, del cielo cayeron caballos. El cielo no tronaba: relinchaba. Eran caballos etéreos, casi románticos, pero caballos al fin. Cayeron y destrozaron medio pueblo; luego, cuando salió el sol, se levantaron como pudieron y buscaron un lugar donde descansar. Tuvimos que empezar de cero. Entonces, a los pocos días, llovió dinero; nos creímos salvados de nuestras miserias, cuando descubrimos que se trataba de australes. Una lluvia con más de diez años de retraso. Igual nos sabemos afortunados: en el pueblo de al lado, una noche hubo una tormenta de catedrales; los pueblerinos, luego de contar sus muertos, se convirtieron al ateísmo sin posibilidad de negociar con el cura que argumentó, sin éxito, que dios tiene extraños métodos para llegar a sus fieles.
11 junio, 2009
Cuidar la casa
La casa estaba al final de un pasillo sin techo, y arriba de las paredes del pasillo había un grupo de personas que nos disparaban flechas envenenadas. Parecían gárgolas de la guarda, y nosotros estábamos en el otro bando. Nunca supe si éramos los malos o los buenos de la historia, lo único que debía interesarnos era llegar a la casa. Avanzamos en cuclillas, mientras los custodios nos arrojaban las saetas venenosas. Éramos un grupo variado, tampoco supe quién nos había elegido para aquella misión ni qué motivos lo habían movido a hacerlo. La misión era cuidar la casa. Y para llegar a la casa debíamos evadir las flechas.
Como ninguna historia termina al principio, lo logramos.
La casa era un castillo venido a menos, como en esas novelas situadas en el siglo quince donde ciertos nobles tenían título pero ya no riqueza, y se veían obligados a pasar hambre y frío en sus mansiones inútiles. Nos guiaba el dueño de casa, un arqueólogo con cara de estrella de cine que debía pasar un año en la Antártida; nadie le preguntó nada al respecto. Nos explicó que debíamos cuidar ese lugar durante su ausencia, aunque no nos dijo de quién debíamos cuidarlo. Supusimos que los enemigos eran las gárgolas de las flechas o, mejor dicho, no quisimos pensar que podía haber otros enemigos, más enemigos aparte de las gárgolas de las flechas. El arqueólogo nos mostró las habitaciones, un imperdonable derroche de espacio con una absoluta carencia de luz que le daba al sitio un toque siniestro y un tanto deprimente; la penumbra sugiere, la oscuridad afirma. Y estaba el olor. Un olor tan omnipresente que nadie pudo ignorarlo. Indicaba algo podrido, algo grande y podrido. Nos pareció notar que el olor venía de alguno de los tantos roperos que había en las habitaciones. No nos atrevimos a preguntar de qué se trataba el olor, por qué estaba ahí, espeso, suspendido en el aire, no nos atrevimos a preguntar que por qué nos parecía que no debía estar ahí, pero nos miramos entre nosotros y, en silencio, juramos averiguarlo.
Entonces me desperté, y nada de eso continuó en la vigilia. Las noches siguientes volví a soñar, pero eran sueños vulgares, repletos de precipicios, escaleras, niños y cosas absurdas, y la casa enorme no volvió a aparecer, ni su olor, ni su arqueólogo, y yo me pregunto si es que acaso hay alguien que nos cuida en sueños, para que tampoco en ese mundo lateral la curiosidad nos haga descubrir cosas que más nos conviene ignorar.
Como ninguna historia termina al principio, lo logramos.
La casa era un castillo venido a menos, como en esas novelas situadas en el siglo quince donde ciertos nobles tenían título pero ya no riqueza, y se veían obligados a pasar hambre y frío en sus mansiones inútiles. Nos guiaba el dueño de casa, un arqueólogo con cara de estrella de cine que debía pasar un año en la Antártida; nadie le preguntó nada al respecto. Nos explicó que debíamos cuidar ese lugar durante su ausencia, aunque no nos dijo de quién debíamos cuidarlo. Supusimos que los enemigos eran las gárgolas de las flechas o, mejor dicho, no quisimos pensar que podía haber otros enemigos, más enemigos aparte de las gárgolas de las flechas. El arqueólogo nos mostró las habitaciones, un imperdonable derroche de espacio con una absoluta carencia de luz que le daba al sitio un toque siniestro y un tanto deprimente; la penumbra sugiere, la oscuridad afirma. Y estaba el olor. Un olor tan omnipresente que nadie pudo ignorarlo. Indicaba algo podrido, algo grande y podrido. Nos pareció notar que el olor venía de alguno de los tantos roperos que había en las habitaciones. No nos atrevimos a preguntar de qué se trataba el olor, por qué estaba ahí, espeso, suspendido en el aire, no nos atrevimos a preguntar que por qué nos parecía que no debía estar ahí, pero nos miramos entre nosotros y, en silencio, juramos averiguarlo.
Entonces me desperté, y nada de eso continuó en la vigilia. Las noches siguientes volví a soñar, pero eran sueños vulgares, repletos de precipicios, escaleras, niños y cosas absurdas, y la casa enorme no volvió a aparecer, ni su olor, ni su arqueólogo, y yo me pregunto si es que acaso hay alguien que nos cuida en sueños, para que tampoco en ese mundo lateral la curiosidad nos haga descubrir cosas que más nos conviene ignorar.

