19 noviembre, 2009

La psicóloga de Tony Soprano

En la excelente serie Los Soprano, el jefe de la mafia, Tony Soprano, sufre ataques de pánico. Para solucionar su problema, comienza a tratarse con una psicóloga, y las sesiones entre Soprano y su doctora se convierten en el eje de la serie.

La psicóloga de Soprano es un personaje de moral muy estricta: acepta al mafioso como paciente porque entiende que tiene un problema a nivel personal y que necesita solucionarlo, pero le advierte: si usted me cuenta sobre sus crímenes, voy a tener que denunciarlo. La relación que tiene Soprano con su psicóloga es un tanto confusa: ambos se sienten atraídos, incluso él cree estar enamorado de ella, pero la moral férrea de la mujer se impone a cualquier otra cosa.

En un episodio, la mujer sufre una violación. Un hombre la arrincona en el edificio donde ella trabaja y la viola, dejándola, obviamente, muy traumada. Al día siguiente, la doctora tiene sesión con Tony Soprano; él la ve rara, taciturna. La ve mal. Le pregunta si se siente bien, si le pasa algo, si la puede ayudar de algún modo. Ella duda, le agradece y le dice que no. Más tarde, en una sesión con su propio analista, la mujer dice:

-Yo sé que si le contara a Tony Soprano que me violaron, él movería cielo y tierra para encontrar al tipo. Y lo encontraría, y lo torturaría, y luego lo mataría.

El psicólogo, extrañado y un tanto espantado, le pregunta si ella va a pedirle a Tony Soprano que destruya al tipo que la violó. La mujer le contesta:

-No. Me basta con saber que puedo hacerlo.

Encuentro, en esa respuesta, la expresión máxima del poder. El verdadero poder, el punto más alto del poder, es inactivo. El poderoso de verdad no tiene necesidad de ejercer su poder, porque le basta con saber que puede hacerlo. Si el fin de toda acción es satisfacer los propios deseos, el poderoso que no rinde cuentas a nadie se siente realizado con la simple certeza de su poder. Quien tiene que demostrar lo que posee, carece, en el fondo, de algo.

Tony Soprano es el jefe de la mafia. Si quiere, mueve un dedo y destruye una ciudad. Es, en acción, la persona más poderosa de la serie. La psicóloga de Tony Soprano es una mujer violada que sabe que, si quiere, dice una palabra y Tony Soprano destruye a su agresor. Y quienes miramos la serie intuimos que Tony Soprano haría eso sin pedirle nada a cambio, porque la relación que Soprano tiene con esa mujer no la tiene con nadie más. Pero la mujer no lo pide.

La mafia está en manos de una psicóloga honesta, y nadie lo sabe.

Eso es el poder.

12 noviembre, 2009

Análisis de los medios (la noticia amorfa)

A veces, cada tanto, alguien me pide opinión; me pregunta qué lectura literaria le recomiendo. Yo contesto: “Todo”. En especial si quien lee, además, escribe. Creo que para encontrar el propio estilo uno debe alimentarse con literatura variada; cuanto más variada, mejor, ya que la variedad dificulta la copia o la imitación, aunque sea involuntaria: hay tanta influencia que a uno no le queda más remedio que escribir con palabras propias. Que lo leído guste es otro tema. Leer todo no implica disfrutar de todo lo leído ni estar de acuerdo con todo lo leído. Leer todo significa tener más herramientas.

A la hora de leer el diario, la mayoría suele leer EL diario. UN diario, uno solo. Supongo que nuestro inconsciente nos dice que las noticias son siempre las mismas, y entonces para qué cambiar de fuente.
Pero resulta que la fuente le da forma a la noticia (naturalmente amorfa), porque detrás de la fuente hay una empresa (un diario es una empresa, con trabajadores, puestos inferiores, puestos superiores, jefes, gerentes y demás) que cuida sus intereses. Sus intereses propios. Entonces, si la noticia en su estado amorfo no le conviene a la empresa (diario o cualquier medio de comunicación), la empresa le da forma a la noticia, la talla, la pule, la lima, la pinta, la barniza y la decora de acuerdo a su conveniencia (a la conveniencia de la empresa).
Entonces: ¿qué diario hay que leer? ¿Qué noticiero hay que mirar? Todos. No aquel que opina más o menos como nosotros, para así tener un aval para nuestra propia (¿propia?) opinión. Todos, el oficialista, el opositor, y el que no sabemos qué es. Porque si leemos todos los diarios, todos los modos de dar la noticia, la copia y la imitación (aunque sea involuntaria) se hace cada vez más difícil, más brumosa, más lejana.
Y ahí, justo ahí, empezamos a pensar.

06 noviembre, 2009

Yo me miro

“El hombre libre es el que no teme ir hasta el final de su pensamiento” (Léon Blum).

Lo malo de la introspección es que no hay salida posible. Es uno contra uno, y es uno contra uno para poder ser uno a favor de uno. ¿Con qué argumento se defiende lo que no se conoce, con qué argumento se sostiene o se erradica? Yo me miro para entender qué es lo que hace ruido, dónde está la gotera, dónde la grieta, dónde lo inquebrantable. Yo me miro porque afuera hay mucho mundo, y adentro también, y tengo que saber diferenciarlos.

Pero no hay salida posible. No es que quiera huir, puedo estar a solas con mi cabeza sin padecer un ataque fantasma. Y creo que ese privilegio lo gané cuando acepté mirarme sabiendo que no hay salida posible: los callejones sin salida son cosa de valientes o de suicidas; creo que no soy lo primero, pero en cambio estoy convencida de que no soy lo segundo. Deduzco, entonces, que sí soy lo primero; eso demuestra que me equivoqué. Otra razón para la introspección. Para ser valiente hay que ser valiente.

Hay respuestas que ya intuía que estaban ahí, y sin embargo no me gustan. Son molestas, no encajan con mis planes. Pero Gilda, sabés perfectamente que hay un tremendo error en lo que encaja; sabés perfectamente que encajar es un error, que lo verdadero no encaja sino que se acomoda solo. Sabés perfectamente que si las respuestas que salen de tu propio interior son incómodas, es que estás formulando preguntas erróneas. Cambiá la pregunta.

¿Qué hago con el mundo? No entiendo la pregunta. Cambiala.

¿Qué hago con las palabras ajenas, los silencios ajenos, las presencias y ausencias ajenas, las mentiras ajenas, las verdades ajenas que van dirigidas a mí? Las que no me tocan no me interesan, al menos no ahora; es MI introspección, puedo ser egoísta. ¿Eh? ¿Qué hago? Una vez más estás preguntando mal. ¿Ves que no hay respuesta? Lo que es ajeno no es tuyo, así que no podés hacer nada. Estás preguntando mal.

A ver ahora: ¿qué hago con mis palabras, con mis silencios, con mis presencias y mis ausencias, con mis mentiras y mis verdades, con todo lo mío que va dirigido a los otros? Buena pregunta, periodista. Respuesta: bancátelo. Sos responsable de lo que emitís. ¿Podré bancármelo? Pregunta ociosa, ya sabés su respuesta. Y ahora seguí mirándote, que esto recién empieza.

01 noviembre, 2009

Otro príncipe encantado

-¡No me mates, soy un príncipe encantado! –me gritó la cucaracha. Yo me quedé con la pantufla en la mano, lista para el golpe.

-¿Un príncipe encantado? –pregunté.

-Sí, mi amada. Bésame y volveré a ser el hombre noble que era antes.

Dudé un instante, sólo un instante; tiempo suficiente para recorrer mi living con los ojos y ver a mis tres caballeros: uno miraba fútbol como poseído y se rascaba la entrepierna, otro bebía vino en tetra-brick sin molestarse en limpiar el chorro de tinto que le caía por la barbilla, y el tercero dormía en el sillón, en calzón y medias, mientras los ronquidos hacían que mi casa pareciera un establo. Antes de mi beso habían sido sapo, lagartija y suricata.

Me puse la pantufla y pisé a la cucaracha. De ahora en más, me dije, plebeyo o nada.

26 octubre, 2009

Y todavía no hemos visto nada

“El gran pez alcanza ese tamaño porque nunca se deja atrapar” (Tim Burton).

En la película El gran pez, vemos cómo el protagonista, Edward Bloom, pasa su vida contando anécdotas fabulosas e inverosímiles acerca de su pasado. Y su hijo está harto. Su hijo está herido. Su hijo es un muchacho sensato que siente que no conoce a su padre, porque cada vez que le pide que le cuente cómo ocurrió determinada cosa, determinado hecho, el padre recurre a alguna de sus historias fantásticas. Edward Bloom le contó a su hijo que, el día de su nacimiento, él no estuvo presente en el parto porque ése fue el día que atrapó al gran pez, un pez inmenso y casi mitológico que habitaba en el rio del pueblo.

Un día, el hijo se encuentra con el viejo médico que atendió su parto, y le pregunta cómo había sido, en realidad, su nacimiento. El médico, que conoce la versión de Edward Bloom (como la conocen todos en el pueblo), le contesta:

-Tu madre vino sola porque tu padre estaba en un viaje de negocios y no llegó a tiempo. La versión de tu padre es mejor, ¿verdad?

Edward Bloom es una persona difícil, como lo es toda persona que no se deja atrapar por los modelos establecidos. No es un rebelde: es un tipo que tiene un modo muy particular de ver las cosas y, por lo tanto, un modo muy particular de actuar: en una tierra de ilusionistas, él cree en la magia. Y, como todo creyente verdadero, no se limita a creer sino que activa su creencia, la retroalimenta.

En uno de sus monólogos radiales, Alejandro Dolina dijo: “...pero a veces, digo, esos juegos no son tan inocentes y, a veces, el juego consiste simplemente en vivir como si todavía no nos hubiera ocurrido lo mejor. Y ese ya es un juego más pesado, un juego que a veces cuesta caro, un juego serio. Y el que lo juega, lo juega seriamente, como juegan los chicos o con la misma fe poética que pedía Coleridge para entender el arte, con esa renuncia a la incredulidad...”.

Y es lo mismo que dice Joaquín Sabina: “... para mentiras, las de la realidad: promete todo pero nada te da; mi crimen fue vestir de azul al príncipe gris”.

Así, como dicen Dolina y Sabina, así es Edward Bloom. No se deja atrapar. Juega, sigue jugando, como si todavía no le hubiera ocurrido lo mejor, como si todavía no hubiera visto nada. Viste de azul al príncipe gris, y lo hace de una manera seria, porque está en juego su vida (la vida que eligió vivir, con grandes peces inalcanzables y hombres lobo cuya aparente maldad “sólo es soledad o falta de refinamiento social”).

Los Edward Bloom del mundo son la delicia de los detractores. ¿De los detractores de qué? De los detractores en general, de los detractores y punto.

Y como sé que mi tendencia a la honestidad brutal, a la carencia de eufemismos, a la necesidad de la verdad como lanza y como escudo, puede generar confusiones válidas, aclaro: yo también creo que las versiones de Edward Bloom son mejores. Yo tampoco quiero dejarme atrapar. Porque yo también quiero seguir jugando como si todavía no hubiera visto nada.

19 octubre, 2009

Sombras chinescas

Él es un artista de las sombras chinescas. Le gusta armar el escenario, prender las velas y ubicarlas en el lugar que más le convenga a su arte. A mi me encanta sentarme en mi butaca frente a esa pared y dejarme fascinar por las grandilocuencias que sus manos inventan. La danza es en silencio. Él no habla, sólo crea figuras. Y yo tengo que adivinar de qué se trata.

-Éste es el gladiador heroico que vence con su espada de hielo al león entrenado para matar.

Él gruñe por lo rápido de mi respuesta, no le gusta ser adivinado; aún así, siempre me elige como partenaire porque sabe que voy a adivinarlo. Ama las sensaciones encontradas. Sus manos vuelven a danzar frente al fuego titilante de las velas; la penumbra es ideal.

Arriesgo.

-Éste es el león que fue herido por el gladiador en la sombra anterior. Ahora gime porque le duele su herida y su majestuosidad derrotada.

Él frunce el ceño porque no soporta perder dos de dos. Con rabia apaga las velas para que yo no vea su orgullo ni su placer y en medio de la oscuridad absoluta me desafía:

-¿Ahora qué ves?

Yo miro fijo la pared invadida por la negrura de la no-luz y no dudo.

-Éste sos vos.

Inventando curiosas teorías acerca de las sensaciones encontradas vuelve a encender las velas (entiende que necesita algo de luz si quiere ocultarse) y sin mirarme se va en busca de personas que en vez de gladiadores heroicos y leones heridos vean conejos o palomas o mariposas, y que cuando apague el fuego de sus velas en una señal de honestísima vulnerabilidad, en vez de verlo a él no vean nada.

13 octubre, 2009

Los hombres son de Marte

No era apendicitis.

-Felicitaciones, es un... eh... ¿varón? –me dijo el médico mientras sostenía con más profesionalidad que ternura al bicharrajo viscoso que había sacado de mi cuerpo.

El coso gimoteaba, eructaba y me llamaba mamá. Yo lo miré y recordé: hacía unos meses había conocido a un hombre. Creo que era un hombre; era verde y me invitó a pasar una noche en su nave espacial. Comodísima, la nave. Y el ¿hombre? hacía comentarios inteligentes, era gracioso y estaba bueno. El color no me importó, nunca fui racista. Luego me bajé de la nave (tenía un puf re mullido que era una divinura), me fui a mi casa, y supongo que él regresó a Marte. Creo que era de Marte, por eso de “los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus”. Capaz no, capaz era saturnino, lunático o neptuniano. Forastero, seguro.

La cuestión es que mi hijo no tiene un padre, y el hombre más verde de mi vida no sabe que tiene un hijo. Quiero contarle que es igualito a él: verdoso y de extremidades largas. Lo baboso y viscoso lo sacó de mí. Y también quiero reclamarle la cuota alimenticia; nuestro retoño come dos docenas de empanadas y un litro de nafta sólo en el desayuno. ¿Alguien sabe cuándo sale el próximo vuelo a Marte? Ah, ¿no hay vuelos a Marte? ¿Cómo puede ser? Una familia más separada por culpa de la burocracia. En este país no se puede vivir. No, no en este país: en este mundo no se puede vivir. Con razón él no volvió. Si este mundo es un desastre: Obama es Nobel de la paz y no hay vuelos a Marte.

Voy a agarrar el telescopio, a ver si lo veo.